Jëkiiy: Homenaje a la maestra tejedora Irene Encarnación Bartolo

Irene Encarnación Bartolo vive en San Juan Cotzocón, de donde es originaria. Cotzocón es la cabecera de uno de los municipios más grandes de Oaxaca, que forma parte del distrito Mixe en el noreste del estado. El distrito recibe su nombre del pueblo indígena asentado en ese territorio, llamado miix por sus vecinos zapotecos, si bien ellos se designan a sí mismos ayuuk. Su lengua pertenece a la familia mixe-zoque, cuyo centro de distribución es el Istmo de Tehuantepec y que hace siglos ocupaba las tierras bajas de una extensa franja costera, tanto del lado del Pacífico como a orillas del Golfo de México. Todo indica que la gente que construyó La Venta, San Lorenzo, Tres Zapotes y otras ciudades de la planicie tropical hace más de dos mil años, a quienes llamamos “olmecas”, hablaban una lengua de la misma familia. Los textos más antiguos que se conservan en el Continente Americano, grabados en una vasija de barro en esa lengua, parecen referirse al tejido y al teñido. Irene es heredera, por lo tanto, de una tradición textil milenaria.

Hilo Rojo No. 3047 – Ornella Ridone

Bordar vestidos ha sido una actividad esencial para generaciones de mujeres de mi familia. En mi obra, retomo esta actividad para llevarla a una dimensión expresiva contemporánea. En esta propuesta, muestro una serie de prendas femeninas en color blanco que he venido bordando en los últimos dos años con hilo de color rojo. Transformo el bordado en un lenguaje propio, para abordar el tema de las dinámicas familiares inconscientes.

Miel y vino, hilo y aguja: Maravillas del maguey

En 1753, Carlos Lineo (padre de la taxonomía, la clasificación de los seres vivos) eligió el nombre “agave” (del griego  γαυός, ‘noble’ o ‘admirable’) para designar a un grupo de plantas americanas que lo impresionaron y que él reconoció como un linaje distinto de las sábilas y aloes de África y Arabia, aunque a primera vista parecieran ser parientes. Después de recorrer las montañas y desiertos del hemisferio occidental estudiando su flora, varias generaciones subsecuentes de biólogos han validado la propuesta de Lineo: los magueyes son, en efecto, un grupo de plantas con una historia evolutiva diferente de sus contrapartes en el Viejo Mundo. Su distribución natural va del suroeste de Estados Unidos hasta Colombia y Venezuela, incluyendo las Antillas. México es el país con el mayor número de agaves y Oaxaca es la región con la diversidad más alta de especies, muchas de ellas endémicas (es decir, que no crecen de manera silvestre fuera del estado).

El rebozo: don de la Llorona

Prototipo vistoso entre los tejidos mexicanos para uso femenino, la prenda que exponemos aquí se nombraba antiguamente “paño de rebozo”. Pasó a las lenguas indígenas como payun (chatino de Tataltepec), ba’ai (zapoteco de Quiaviní), püy (huave de San Mateo del Mar) y otras formas derivadas del español “paño”. Ese tránsito lingüístico es significativo por sí mismo, en tanto que sugiere que los pueblos mesoamericanos no lo reconocían como un formato propio. Debatidas desde hace décadas, las raíces del rebozo trazan un origen híbrido, donde un modelo externo se amalgamó con el telar de cintura, según creemos. Más que el sarape masculino, el paño labrado y sus rapacejos (los flecos adornados con labores anudadas, trenzadas o entorchadas) nos remiten al siglo XVIII, cuando México era crisol de culturas y encrucijada del comercio mundial. Se ha querido ver en el rebozo reflejos de la Nao de China y los tejidos orientales, pero investigaciones recientes apuntan a un vínculo fuerte con las tradiciones islámicas, tanto en su técnica como en su diseño.

Historias de ciudades

Desde la antigüedad y hasta nuestros días, pueblos plegables de muros blandos y fachadas textiles han viajado -y siguen desplazándose- motivados por las estaciones, la geografía y las necesidades de sus habitantes constructores, algo que no escapó a la infinita curiosidad de Katharina von Arx. Durante la Edad Media, en la Casa del Prior en Romainmôtier, Suiza (donde Katharina vivió durante más de cincuenta años), así como también en moradas semejantes de Europa abocadas a recibir grandes personajes de la época con sus numerosas comitivas, se desplegaban grandes telas, tapices o gobelinos sobre las fachadas y paredes monumentales, con el fin -entre otros- de conservar el preciado calor en su interior durante el mayor tiempo posible. Resultado del esfuerzo colectivo, estas grandes telas ilustradas, presentes en todos los eventos y celebraciones importantes, siempre contaban historias a manera de crónicas: constituían una especie de historia oral-visual plegable y flexible que se transmitía de horizonte a horizonte en su perpetuo andar.

René Ramírez Ordóñez, coreógrafo y coleccionista veracruzano

Hace algunos años, una mujer joven quiso demostrarle afecto a su madre confeccionándole una falda de fiesta. Bordó con enorme dedicación y paciencia figuras complejas en punto de lomillo sobre muselina. La tradición de su pueblo dicta que el ruedo de la enagua luzca un diseño en rojo, y así lo hizo la hija abnegada. Su madre nunca la había tratado bien, pero la joven estaba decidida a hacer patente su amor incondicional. Sin romper el canon textil de su comunidad, ella se esforzó en lograr las puntadas más finas y la cenefa más ancha que podía lucir la prenda, como prueba de su devoción. Era el presente más significativo que una mujer podía ofrecerle a otra en ese rincón de México. El triste desenlace de la historia es que la madre rechazó el regalo y la hija quedó tan dolida que decidió entonces vender el testimonio de su cariño.

Lienzos para estar con Dios: Textiles rituales de cuatro continentes

Hemos reunido en este Museo un acervo que busca relacionar los tejidos de Oaxaca y de México con las tradiciones textiles de otras regiones del mundo, a fin de mostrar al público algunos paralelos y contrastes en sus materiales, técnicas y diseños. Al estudiar las artes del telar en distintas latitudes, los hilos se convierten en vínculos que enlazan las experiencias y los gustos de gentes que a primera vista parecen ser disímiles y distantes. Conforme vamos integrando pieza por pieza una colección global, hemos congregado sin querer un grupo sobresaliente de textiles que nos hablan de la vida interior de los pueblos de Oceanía, Asia, África y América. De manera inevitable, nuestro interés en ciertas estructuras de tejido altamente ingeniosas y ciertos diseños particularmente meritorios nos ha conducido a prendas que la gente hizo movida por su fe.

Oficio de tinieblas, obra de Argelia Matus

Marcel Duchamp en 1917 crea lo que él llama ready-made. A partir de allí se desarrollan diferentes maneras de hacer arte como: el body art, arte objetual, performance art y narrative art que dan como resultado lo que hoy conocemos como arte conceptual. En esos momentos existe la necesidad de reestructurar los conceptos de arte después de una guerra. En particular, en el arte objetual se resignifican las cualidades de un objeto, se recodifican; en el arte del cuerpo o body art, el cuerpo mismo en muchos casos es el medio, la herramienta y el soporte para crear la obra. En general, en todas estas corrientes cambian los medios, soportes y se usa el lenguaje escrito como parte importante de las propuestas. Las nuevas manifestaciones artísticas se basan en la reproducción en serie y lo múltiple, características de nuestro mundo global.

El legado de una bisabuela: Cuatro generaciones de tejedoras

Ñuu Inia, ‘pueblo del perrito’ en mixteco, es el nombre antiguo del lugar. Fue llamado Itzcuintepec en náhuatl, y los españoles lo dedicaron al patrocinio de la Virgen María. Recibió el sobrenombre de Peñoles junto con cinco pueblos vecinos, pero tiempo después su topónimo náhuatl cayó en el olvido y lo que había sido en un principio el epíteto para toda la región se convirtió en su designación oficial. Se ubica en las montañas al occidente del Valle de Oaxaca, no muy lejos de esta ciudad. La Relación Geográfica de los Peñoles, de 1579, describe cómo las seis comunidades originales traían a vender al mercado de la antigua Antequera tablas y morillos, teas y amole, una planta usada como jabón. Criaban además seda y grana para pagar el tributo que les imponía el poder virreinal.

Mirar por el ojo de una aguja. El arte de Tamara Rivas

En aquel entonces, las blusas del traje típico eran muy escasas. Había que buscarlas en algún baúl de una abuela dispuesta a prestarlas para el baile. Pero no todas las abuelas estaban dispuestas a hacerlo, eran prendas muy apreciadas. Y, cuando se conseguía alguna, su estado de conservación no era el más adecuado, pero no importaba, la blusa se parchaba y la joven la lucía con gran orgullo.
Hace unos 20 años que Soledad Tamara Rivas Vázquez y su esposo Alfonso González Maldonado llegaron a Tlacolula de Matamoros. Para los recién casados, la vida les sonreía y más cuando los premió con su hijo Luis. Ella, originaria de Tabasco, admiraba las costumbres del pueblo de su marido, esa hermosa tierra de Oaxaca que sería su hogar. Se fascinó con la comida, los guisos de las cocineras, los platillos para cada fiesta y, sorprendida de los ingredientes que usaban, encontró en el arte culinario una parte fundamental de la cultura de Tlacolula.