re·inventar·se

03 de mayo de 2021
Sala: Caracol
Museo Textil de Oaxaca
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¿Cuántas veces decimos: “Después, ahorita no tengo tiempo”? Y de todas ellas, ¿cuántas veces logramos tener el tiempo? ¿A qué, y a quién, le dedicamos el tiempo que aparentemente no tenemos? Y ¿a quién, y a qué, le dedicamos el tiempo que nos hacemos? En 2020 el tiempo se transformó de distintas maneras y nuestras vidas también cambiaron. Las grandes puertas de madera de este Museo cerraron el acceso desde la calle de Hidalgo, pero lejos de suspendernos en el tiempo, aprovechamos algunos recursos virtuales para pensar, acortar las distancias, conversar, imaginar y crear.

El rebozo: don de la Llorona

Prototipo vistoso entre los tejidos mexicanos para uso femenino, la prenda que exponemos aquí se nombraba antiguamente “paño de rebozo”. Pasó a las lenguas indígenas como payun (chatino de Tataltepec), ba’ai (zapoteco de Quiaviní), püy (huave de San Mateo del Mar) y otras formas derivadas del español “paño”. Ese tránsito lingüístico es significativo por sí mismo, en tanto que sugiere que los pueblos mesoamericanos no lo reconocían como un formato propio. Debatidas desde hace décadas, las raíces del rebozo trazan un origen híbrido, donde un modelo externo se amalgamó con el telar de cintura, según creemos. Más que el sarape masculino, el paño labrado y sus rapacejos (los flecos adornados con labores anudadas, trenzadas o entorchadas) nos remiten al siglo XVIII, cuando México era crisol de culturas y encrucijada del comercio mundial. Se ha querido ver en el rebozo reflejos de la Nao de China y los tejidos orientales, pero investigaciones recientes apuntan a un vínculo fuerte con las tradiciones islámicas, tanto en su técnica como en su diseño.